Canal: Edgar Sánchez Quintana
6 de Marzo de 2012
Tlaxcala Tlax.
México.
Quien anda allí, te recibo,
adelante:
Sán Martín de Porres
Bien, te conozco, enseñas la
humildad y la sencillez es así.
Pequeño hermano en la luz, te
visito en tus aposentos y viviendas para transmitir un saludo y alguna
enseñanza que pueda transmitir para que otros tomen conciencia de estos
aspectos que desarrollé en mi vida, Yo soy San Martín de Porres
La entrega al servicio a los
demás en humildad y sencillez, es la mejor manera de conectarse con la fuente,
es uno de los métodos de camino corto, provéanse de estas virtudes y verán que
podrán ver acudir a ustedes los milagros que pone el espíritu santo en sus
vidas; sean prestadores de servicio de amor inmaculado, provean a los demás de
esta justa enseñanza y la retribución es el comenzar a apostaciar el ego y
disminuir su poder , entreguen su trabajo a Dios, es una de las formas que hace
atesorar el alimento del espíritu y los conduce a la unificación amorosa con su
entorno
Vayan haciendo su labor, así sea
le trabajo más humilde, es un ejercicio que ustedes hacen con sus manos
hacia el Padre, ustedes son sus manos
del Padre, hagan eso, simple y sencillo y sin esperar nada a cambio, la recompensa
es el trabajo interno, verán cambiar los aspectos de la altanería, el
despotismo y el desequilibrio de la
personalidad egoica, sean amorosos con sus semejantes y entiendan que es el
momento de reintegrarse a la totalidad del uno.
Me despido dejando un abrazo de
amor y luz.
Yo soy San Martín de Porres
San Martín de Porres nació en Lima el año 1579. Era hijo de un hidalgo español, D. Juan de Porres, y de una muchacha mulata, Ana Velázquez. Martín fue bautizado en la iglesia de San Sebastián, en la misma pila bautismal en que siete años más tarde lo sería Santa Rosa de Lima.
Desde niño fue Martín muy generoso con los pobres, a los que daba parte del dinero cuando iba de compras. Su madre lo llevaba con frecuencia al templo. Su padre, gobernador de Panamá, le procuró una buena educación.
Martín aprendió el oficio de barbero, que incluía el de cirujano y la medicina general. Cumplía bien su oficio, sobre todo en favor de los pobres, y aprovechaba la ocasión para hablarles de Dios, y era tal su bondad que conmovía a todos. Por el día trabajaba. Por la noche se dedicaba a la oración.
A los quince años entró como terciario dominico en el convento del Rosario de Lima. Allí fue feliz, sirviendo con humildad y caridad a los de dentro y a los de fuera. Convirtió el convento en un hospital. Recogía enfermos y heridos por las calles, los cargaba sobre sus hombros y los acostaba en su propia cama. Los cuidaba y mimaba como una madre. Algunos religiosos protestaron, pues infringía la clausura y la paz. La caridad está por encima de la clausura, contestaba Martín. Sus rudimentarias medicinas, y más aún sus manos, obraban curaciones y milagros. Su caridad se extendía a los pobres animalitos que encontraba hambrientos y heridos.
Había muchos vagabundos por Lima. Buscó dinero y fundó el Asilo de Santa Cruz para niños y niñas. Allí les cuidaba y enseñaba una profesión.
Sus devociones preferidas eran: Cristo Crucificado, y en recuerdo de los sufrimientos de Cristo en la Cruz se daba tres disciplinas diarias. Jesús Sacramentado, y pasaba horas ante el Santísimo con frecuentes éxtasis. La Virgen María -sobre todo bajo la advocación del Rosario- con la que conversaba amorosamente. Y el ángel de la guarda, al que acudía con mucha frecuencia. Luchaba tenazmente contra el sueño en la oración.
Cuando la viruela empezó a causar estragos en Lima, la actividad y los cuidados de Martín se multiplicaron. A todas partes llevaba consuelo y remedio. Se cuenta que gozó del privilegio de la multilocación (estar en varios lugares a la vez), pues le veían curando y consolando simultáneamente en varios sitios. Todos acudian a él. Todos le tenían por santo. Era el ángel de Lima.
Aquel esfuerzo sobrehumano llegó a debilitarle peligrosamente. Cayó enfermo. Él sabia que no saldría de aquella enfermedad. Sufrió entonces muchos ataques del demonio, pero sintió el consuelo y compañía de la Virgen.
Cuando vio que se acercaba el momento feliz de ir de gozar de Dios, pidió a los religiosos que le rodeaban que entonasen el Credo. Mientras lo cantaban, entregó su alma a Dios. Era el 3 de noviembre de 1639.
Su muerte causó profunda conmoción en la ciudad. Había sido el hermano y enfermero de todos, singularmente de los más pobres. Todos se disputaban por conseguir alguna reliquia. Toda la ciudad le dio el último adiós.
Su culto se ha extendido prodigiosamente. Gregorio XVI lo declaró Beato el 1837. Fue canonizado por Juan XXIII en 1962. Recordaba el Papa, en la homilía de la canonización, las devociones en que se había distinguido el nuevo Santo: su profunda humildad que le hacía considerar a todos superiores a él, su celo apostólico, y sus continuos desvelos por atender a enfermos y necesitados, lo que le valió, por parte de todo el pueblo, el hermoso apelativo de "Martín de la caridad".
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